«Tengo sed»

Dice Jesús: «Tengo sed».

A su petición, los verdugos le ofrecen vinagre. Jesús ha perdido mucha sangre y su cuerpo busca compensar esa disminución del volumen de su sangre mediante la sensación de la sed. La sed de Jesús es intensa al punto de manifestarla con voz fuerte. El evangelista anota que esto lo hace para cumplir la Escritura, principalmente aquel salmo que dice «Veneno me han dado por comida, en mi sed me han abrevado con vinagre» (Salmo 69, 22). Y es que esta sed no solo no será saciada con agua, sino que en su lugar recibe vinagre; una bebida amarga y ácida, que incluso puede producir el efecto de aumentar aún más la sensación de sed.

Los romanos se libraron de un supuesto sedicioso y las autoridades judías se libraron de un molesto profeta. Ya habían logrado crucificarlo, ¿qué necesidad había de más castigos y humillaciones?

Aquel que dijo que poseía el agua de vida eterna ahora le es negado el don de un poco de agua natural. La humillación de Jesús ha alcanzado el punto máximo, tal como lo dirá después Pedro: «mataron al autor de la vida» (Hechos 3, 15).

La sed de Jesús aún espera ser saciada, porque Jesús tiene sed en muchos sedientos hoy. No esperes para saciar esta sed de muchos que desfallecen por la falta del agua fresca  del consuelo, de la escucha, del abrazo, de la caridad. La justicia nos reclama por tantos sedientos que son saciados con vinagre.

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